UNA RACIÓN DE MARIO
Mi cuerpo, este cuerpo, es lo único mío.
Así, gastado y todo, con sus pozos de tiempo,
sus lunares testigos, su archivo de caricias
y sus escalofríos.
Mario Benedetti
TESIS, SÍNTESIS, ANTÍTESIS
1. Tesis:
El verano reblandece mi cerebro y consume mis energías.
Hace que me arrastre cual ameba resarcida en su propia inactividad.
De ahí, el abandono del blog.
Entonces recuerdo... él no lo haría.
Por eso, he vuelto.
Para asumir mis responsabilidades para con él.
2. Síntesis:
Quedé con el maromo del post anterior. No estamos predestinados. Y hasta ahí puedo (quiero) leer.
Trabajo como una negra. Y nadie me lo agradece.
Desaparecieron los tapones que me impedían escuchar la vida. Ya no estoy como una tapia.
Por fin, he visitado la Expo. Muchos pabellones son, directamente, una tomadura de pelo.
Anoche estuve en "las playas". Y me gustó el sitio... zí, zeñó.
El próximo finde, me escapo a la playa. ¡La de verdad!
3. Antítesis:
Domar la emoción y meterla en un tarro.
Cómo se aprende eso.
Dónde.
Nadie.
DILEMA MORAL
La última semana ha sido movidita; por una razón o por otra, ningún día me acosté antes de las 2:00, lo cual no deja de ser un mérito si tenemos en cuenta que mi despertador es como un viejo insomne que se levanta cada día a las 6:00, despertando a toda la familia.
Destacable fue la despedida de E. en Café del Mar (abandona el calor de esta ciudad por las playas maltesas, qué suerte tienen algunas), el masaje improvisado, la innovación de sabores con la caipirinha asquerosa (innovar no siempre es sinónimo de éxito; y el aguardiente brasileño no está hecho para todos los paladares), las fotos repetidas una y otra vez, con toda la variedad de poses de sosivainas.
El sábado trabajé por la mañana (me estoy ganando el cielo, con tanta hora extra pasablemente remunerada) y por la noche quedé con Lo., Le. y R. Doble L. y yo acabamos saliendo, frustrándonos a cada paso, en cada bar, por la cantidad y, eso sí, diversidad de freakies sueltos que cohabitan en esta nuestra city. Estaban los freakies maquineros, los freakies penosos, los freakies trasnochados... Gran surtido Cuétara, zí zeñó.
Ante semejante panorame, decididimos irnos a casa. Justo entonces se me acerca un tipo. Dice que estamos predestinados. Tiene "razones de peso" para pensarlo. Pero, de momento, nuestros horarios son incompatibles. Esta semana trabaja hasta las 22:00, hora a la que yo precisamente entro a currar. La única posibilidad que nos queda es vernos el fin de semana y yo tenía previsto irme al pueblo. Qué hacer. Compromiso familiar o posible pavo de mi life. Dilema.
Consejos quiero.
EL SÍNDROME DEL CABEZUDO
Anoche estuve cenando en La Birosta con Je.*, una amiga de siempre, que hacía ya varios meses que no veía. Estos reencuentros son la leche. Es cuasi-mágico comprobar que, a pesar del paso del tiempo, de las distancias, todo sigue igual. La complicidad, la confianza no se han movido de su sitio. Casi al revés, se han cimentado con el abono del conocimiento mutuo. Así que te sientas enfrente de una tía de veinticinco tacos –igual que tú- que ya poco tiene que ver con la enana de ocho que llegó nueva al cole y a la que hacías trampas en el recreo para que le tocase siempre “pagarla”, como a todo “nuevo” que se precie, hasta que os hicisteis inseparables. Y hablas con ella de mil y una cosas, te sinceras –a ti que tanto te cuesta-, das y recibes consejos –esos que necesitas escuchar de gente como ella- y te papeas unas salchichas de soja, mientras tu contrincante-amiga hace lo propio con su falafel; ello aderezado con unas papas con su correspondiente veganesa. Y aunque no eres especialmente fanática de la cocina vegetariana, y donde estén las frankfurt tradicionales que se quiten éstas, y la veganesa no tenga la gracia huevuda de la mayonesa, la cena te sabe a gloria.
Después salís de bares, a escuchar buena música, a drinkear varias birras, y marcáis un objetivo para la noche: conseguir un mechero en propiedad, pero no un mechero cualquiera, no, eso sería demasiado fácil, un mechero que pertenezca a un hombre “en condiciones”. Planeamos la conversación-tipo en cuestión, que tendría que ser una cosa así:
- Hola, ¿tienes fuego? –pregunta retórica, ya que previamente has debido asegurarte de que el mancebo efectivamente le dé al fumeque.
- Sí, claro, jeje –respuesta tipo de un tipo medio, mientras piensa: he ligado, he ligado...; si realmente está bueno, su pensamiento podría ser otro, digamos: vaya petarda de pava, a ver si renueva su táctica penosa de acercamiento.
- Esto... ¿y me darías el mechero? –aquí debes ser firme, de la forma en que lo digas depende el éxito de la operación.
En fin, por h o por b, el caso es que no conseguimos el objetivo. Sí conocimos a un grupillo de dos chicos y una chica, peruano, español y francesa-marroquí, con los que estuvimos un rato hablando amigablemente. Pero nada de ligoteo. Ainsss.
Antes de conocer a esta gente, me pasó una cosa curiosa. En uno de los bares en los que estuvimos, vi de lejos a un viejo love de hace algunos años. Tenía tantas ganas de saludarle como miedo. Mi amiga: que sí, que sí. Y yo: que no, que no. Pero en cuanto vi que salía por la puerta –creo que él no me vio-, me quedé con las ganas de haberle dicho algo. Puto síndrome del cabezudo...
Yo lo llamo así, porque es algo que me ha pasado toda la vida, desde que era pequeña. Ya cuando tenía la tierna edad de dos o tres años y mi padre me llevaba, subida siempre en sus hombros, a ver los cabezudos para las Fiestas del Pilar o del barrio, mi mayor deseo era acercarme a uno de ellos para saludarle. El Morico era mi favorito. Pero una vez que mi resignado progenitor me bajaba de sus hombros y me acercaba para que el cabezudo me diese la mano, a mí me entraba una especie de acojone interior, me revolvía y gritaba: mano nada, mano nadaaa... Y cuando el cabezudo, asqueado, se marchaba, otra vez quería yo que me llevase mi pobre padre a saludarle. Repitiendo de nuevo la jugada.
En fin, ese síndrome lo sigo arrastrando a día de hoy. Quiero una cosa, pero cuando veo que la puedo conseguir, me da miedo. Y, finalmente, cuando la he perdido, pienso: joder, qué tonta he sido, tendría que haber hecho nosequé o nosecuantas... Me dijo Je. que a ella le pasaba lo mismo. Pero, ya se sabe: mal de muchas...
* No pongo j. para que no haya lugar a confusión (va por ti, Pekesauria!).
EL DOLOR
Sé que he tenido muy abandonado el blog últimamente. Pero he estado tan concentrada en mi propio dolor de piños, que no he tenido mucho tiempo -ni muchas ganas- de sentarme a escribir.
Esta ortodoncia me va a matar... Después de hinchárseme el morro a lo Carmen de Mairena, intoxicarme a base de ibuprofenos, sprays, pomadas varias y cera, parece que la cosa ha mejorado algo.
Pero ello no obsta para que el dolor haya sido el prota de estos últimos días, como lo fuera en la angustia de Sylvia Plath.
Cuando el dolor te vence, cuando el dolor físico te puede, sólo queda el resarcimiento en el "yo" profundo.
Concentrarse en el dolor de un ojo, de una uña o de un diente. Desentrañar las vísceras. Arañar las heridas. Alimentarte de ti. De tu cuerpo. De tu materia. Compadecerte. Guardarte duelo. Y el aullido. Y el silencio.
Mientras tanto, muchas cosas han pasado. Encuentros, reencuentros y despedidas.
Y el dolor como testigo.
GENERACIÓN Y
Leo en El País del domingo un artículo de Almudena Corral, directora de Calidad y Procesos en Hay Selección, que, por el hecho de haber nacido entre 1980 y 1986, me encuadra dentro de la que denomina generación Y, jóvenes que -dice- "disfrutamos del trabajo con fines cortoplacistas". Somos la generación bocadillo entre la generación del Baby Boom (nuestros precedentes de los años 60 y 70) y la generación X (que ya nació con el portátil, el euro y el móvil -ya pronto jubilado por el iPhone- debajo del brazo). Dice Corral que no entendemos el largo plazo, que no entra dentro de nuestra filosofía de vida, nos convierte en poco menos que profetas del Carpe diem laboral, huyendo del workalcoholic de nuestros padres. Y en parte tiene razón. Y en parte no. Tenemos derecho a mejorar, a buscar el trabajo que mejor se adapte a nosotros, a equivocarnos, a caernos, a replantearnos las cosas, a cambiar, a movernos y revolvernos; en definitiva, a ser infieles a las empresas para las que trabajamos. Al adulterio profesional. También es cierto que muchos jóvenes estarían encantados de cambiar su horizonte cortoplacista por un poco de estabilidad, pero nuestros derechos chocan con nuestras posibilidades reales, con un entorno precario y flexibe (a veces, demasiado flexible); es el escenario en el que nos movemos los licenciados veinteañeros bilingües o trilingües, que ganamos poco más de mil euros mensuales. Las empresas aplican la cultura de la sustituibilidad. Y nosotros nos adaptamos. Sobrevivimos. No es lo que más nos gustaría, pero es lo que hay. Banalizamos la relación corporativa y... En la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas... No sabemos si querremos, si aguantaremos o no. Veremos lo que pasa. No prometemos nada.
Mejor no prometer.
Este fin de semana nos juntamos dos de la generación Y en el curro, cubriendo el turno de noche, una del 82 y otra del 83. Qué peligro. La dinámica consistía en recordar canciones de nuestra infancia, buscar la letra en Google -nos debemos a nuestra generación- y cantarla. Así, terminamos rememorando canciones como ésta, que inevitablemente se me pegó durante todo el domingo:
dejar un día esta ciudad.
Cruzar el mar en tu compañía.
Pero ya hace tiempo que me has dejado,
y probablemente me habrás olvidado.
No sé que aventuras correré sin ti.
Y ahora estoy aquí sentado
en un viejo Cadillac de segunda mano
junto al Mervellé, a mis pies mi ciudad
y hace un momento que me ha dejado,
aquí en la ladera del Tibidabo,
la última rubia que vino a probar
el asiento de atrás.
Quizás el "martini" me ha hecho recordar
nena, ¿por qué no volviste a llamar?
Creí que podía olvidarte sin más
y aún a ratos, ya ves.
Y al irse la rubia me he sentido extraño,
me he quedado solo, fumando un cigarro,
quizás he pensado, nostalgia de ti
y desde esta curva donde estoy parado
me he sorprendido mirando a tu barrio,
y me han atrapado luces de ciudad.
El amanecer me sorprenderá
dormido, borracho en el Cadillac,
junto a las palmeras luce solitario
y dice la gente que ahora eres formal
y yo aquí borracho en el Cadillac
bajo las palmeras luce solitario.
Y no estás tú, nena.
Me encanta esta canción. A pesar de los años, conserva toda la melancolía y la tristeza.
En la próxima entrega, seguimos con el Loco y lo políticamente (in)correcto.
MONOLOGUEANDO
Esta noche hemos vuelto a los monólogos del Juan Sebastian, que han decaido un poco respecto a los de la semana pasada... Qué grande el arte del monólogo. Parar la circulación humana y las aceras, subir a un banco o escenario, gritar las tonterías que atacan el subconsciente, contar la vida del revés, sacar punta a los detalles, reir las preocupaciones y reducirlas al absurdo. EL ABSURDO. Gran invento. Que nos ayuda a entender y a entendernos. A nosotros y a los otros. A las circunstancias y casualidades. Y al sinsentido.
Me voy a monologar con la almohada, que mañana quiero ir a la pisci y el finde trabajo de noches, yujuuu.
TOKIO YA NO NOS QUIERE
¿Qué pasaría si nos despojasen de nuestros recuerdos?
Los recuerdos nos construyen, son los pilares que soportan nuestro presente.
El mundo se reduce cuando uno es capaz de olvidarlo casi todo.
De ello trata "Tokio ya no nos quiere", un relato contra la memoria que acabo de empezar hoy (sigo con Loriga)...
Me renuevan en el trabajo. La veleta se detiene un instante, para analizar el viento que la ha hecho girar hasta aquí, hasta esta precisa posición, recopila movimientos previos y medita unos segundos, hasta que el viento vuelva a soplar con fuerza y la haga danzar y dar vueltas, nuevas vueltas de tuerca...
TODO POR AMOR
Resumen del finde:
Sábado noche: Cena en mexicano con amigas para celebrar cumple de una de ellas, puesta al día de nuestras vidas, con un indiscutible tema central: la próxima boda de L. y la previsión del juego que dará su futura suegra en la misma (asunto que, por sí mismo, daría para iniciar un blog temático).
Domingo mañana: Pasar una mañana dominguera en el rastro con tu madre puede ser de lo más entretenido; como normalmente estoy de resaca, ésta ha sido una práctica bastante nueva para mí. Me he dejado poseer por el Espíritu del Consumismo y he vuelto a casa con zarandajas varias, más o menos servibles, según momento, lugar y ganas de hacer el ridículo que se tengan.
Domingo tarde: Huida a la piscina, diez anchos en la Olímpica, más por autoimposición que por placer. Después, me he tumbado a leer para aprovechar las últimas migajas de sol de la tarde. Por fin, he terminado "El hombre que inventó Manhattan", de Ray Loriga. Lectura recomendada, a pesar de que en un principio -debo confesarlo- no me entró por el ojo. La voracidad con la que he terminado rematando el libro no me ha permitido tomar nota de las frases memorables que contiene, como siempre me gusta hacer.
Os dejo un diálogo que recoge en igual medida humor y desolación, ingredientes del tándem perfecto con el que se articula toda la novela. Se trata de una conversación telefónica entre Arnold Grumberg, maduro y solterón vendedor de pianos, con su madre, una vieja sobreprotectora y metomentodo:
-¿Has desayunado?
-Sí, mamá.
-Ya, y mi culo tiene plumas. El desayuno es la comida más importante del día, te lo he dicho cien millones de billones de veces.
-Pensaba ir luego a...
-Ya, y a veces mi culo levanta el vuelo con sus plumas de colores.
-Mamá, por favor.
-Ni por favor, ni leches. DESAYUNA.
-¿Cómo estás?
-Sola. Ah, por cierto, estuve el otro día en el cementerio de Riverdale y estoy pensando seriamente en una de esas parcelitas, cuestan una cantidad insensata de dinero pero creo que merece la pena. Hay sitio para los dos, uno al lado del otro.
-¡MAMÁ!
-Hay que hablar de esas cosas, hijo mío. Uno al lado del otro, como debe ser, no uno encima del otro, como hacen en otros sitios. Por eso sale más caro, pero es una parcelita muy mona. Tienes que venir un día a verlo.
-No creo que pueda, en realidad no creo que quiera.
-A lo mejor te parece una chifladura que una madre quiera estar enterrada junto a su hijo. A lo mejor te parece más propio que te entierren al lado de extraños. Yo sé que me voy primero y espero que tú tardes mucho en venir, pero cuando llegues quiero saber que vas a estar a mi lado. No me importa esperarte cien años, pero quiero estar contigo, hijo mío. No tengo otra cosa.
-Bueno, ya hablaremos.
-Tú tampoco tienes nada más, Arnold. Deberías tenerlo, pero no lo tienes. Siempre pensé que podías haberte casado con aquella rubia, Carla, Clara...
-Ciara.
-Eso. Me gustaba aquella chica. Era gorda, pero parecía buena.
-No era gorda, mamá, y no te gustaba, no te gustaba nada.
-Puede ser, ya casi no me acuerdo. ¿Y aquella otra morenaza? Menuda mujer. Siempre has tenido buena mano con las mujeres, tal vez demasiada. Si hubieses sido más feíto, ya estarías casado y yo tendría nietos y bisnietos. Pero eres un conquistador, Arnold, siempre lo fuiste, como tu padre; a tu padre le caían también como moscas, pero él tenía más cabeza. En fin, lo mismo da que te lo diga. Ahora ya es demasiado tarde.
-No digas eso, quién sabe.
-¿Quién sabe? Yo sé, hijo. No soy muy lista, pero se aprende mucho viviendo. Te veo, Arnold, te veo con los ojos de la mente, sé cómo eres. A ti te gusta fornicar...
-Por Dios, madre...
-Fornicar, sí, señor. Hay que llamar a las cosas por su nombre. Tú fornicar has fornicado lo que has querido, pero no es así como se encuentra una buena esposa. En fin, ya no tiene remedio. A ti no te caso. Se nos pasó esa barca y la siguiente es ya la del viaje eterno.
-Mira, mamá, tengo un día muy complicado, así que no voy a poder hablar mucho.
-Ya me imagino. Ese negocio tuyo es una locura. Seguro que ya tienes gente haciendo cola en la calle. Hay que ver cómo le gustan a la gente tus malditos pianos.
-Te interesará saber que esta semana he recibido tres pedidos.
-A veces mi culo vuela tan lejos con sus plumas de colores que lo pierdo de vista.
-Bueno, en realidad sólo dos.
-Tú sigue así, hijo mío, a tu aire, en tu mundo de la fantasía, y no desayunes y fuma y dale al café y ya verás como todavía te vas el primero a la parcelita.
-Mamá, ya basta.
-No, hijo, no basta. Si me hubieras hecho caso alguna vez, nos habría ido mejor a todos.
-He hecho lo que he podido.
-Lo sé, Arnie, lo sé. Anda, no te enfades conmigo. Tú sabes que te quiero, es todo por amor.
-No me enfado.
-Sí te enfadas, sí.
-Que no...
-Bueno, hala, vuelve con tus cosas.
-Gracias, mamá. Lo cierto es que tengo mucho que hacer.
-Lo que tú digas, Arnie. Cuídate. Te quiero, hijo.
-Adiós, mamá. Cuídate mucho.
-¿Arnie? ¿Estás ahí todavía?
-Estaba a punto de colgar.
-He dicho que te quiero, Arnie y tú me has dicho “cuídate”. No veo yo que sea lo mismo. “Cuídate” se le dice a cualquiera aunque nos importe un bledo que se cuide o no.
-¿Qué quieres ahora?
-Ya lo sabes.
-Adiós, mamá. No puedo estar todo el día...
-Dímelo.
-Mamá, por favor...
-Dímelo.
-Si ya lo sabes...
-No lo sé. Si no me lo dices, no lo sé. ¿Tú sabes cuántos años hace que no me lo dices?
-Mamá, no soy un niño. Esto es ridículo.
-Dímelo, dímelo, dímelo, dímelo...
-Voy a colgar.
-Dímelo, dímelo, dímelo.
-Tienes que ver a un médico, madre; estás perdiendo la cabeza.
-Dímelo, dímelo...
-¡Está bien! ¡Me vas a volver loco! Te quiero, mamá, te quiero mucho. ¿Contenta?
-Gracias, Arnie, y desayuna, por el amor de Dios.
MEA CULPA
Por 2!!! Qué redacción más penosa la del último post... Prometo no volver a escribir en el blog estando ebria, jaja! (con lo que me gusta... la verdad es que me siento más inspirada). Pero no, no volveré a hacerlo. Por el bien de los que me leéis y de la pseudoliteratura bloguera (que a veces no es tan pseudo).
Este finde necesito una cura de estress.
Disfrutadlo. Yo lo intentaré también.
Un besote.
