MÁS FLACOS Y MÁS VIEJOS
Hoy te he visto, caminabas distraido concentrado en la música de tu Ipod, concentrado en tu propio despiste, pensando en vetetuasaberqué. En el trabajo, en tu familia o en alguna chica. Dando vueltas.
No has cambiado de ciudad. Observabas tu propia imagen en los cristales de los coches ajenos, de los portales de otros, en pequeñas concesiones de vanidad inconsciente.
Estás más delgado. Pero mantienes tus patillas indelebles, inmunes al paso del tiempo. Llevabas un periódico en la mano y, en acto de nerviosismo, lo zarandeabas de vez en cuando en el aire, sin dejar de caminar.
Y no sé. De pronto, he comprendido por qué lo dejamos. Y por qué, aunque nos hayamos cruzado varias veces, no nos hemos vuelto a ver.
Aunque yo tampoco he cambiado de ciudad. Y aunque los dos seamos más flacos y más viejos. O quizás, precisamente, por eso.